Prefacio “El Inquilino del Alma”

Nashville, Tennesse 1839…

Los golpes incesantes en la puerta de la vieja curandera hicieron que ésta se incorporara de su silla en el momento que abría unas botellas las cuales contenían unas sustancias malolientes que impregnaban la choza de un aire rancio.

Murmurando unas cuantas palabras entre dientes se dispuso a abrir la puerta. —Quién puede ser a estas horas? No espero a nadie. Debe ser la vecina que viene a chismear sobre su marido infiel–.

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde y la curandera de Nashville había terminado de fregar las ollas en las que estaba preparando varios potajes para luego salir a repartirlos entre los clientes de la villa.

Tosiendo se dirigió a la entrada de su choza ante los golpes que no paraban y cada vez eran más fuertes. —Ya voy!! No estoy al lado de la puerta esperando a que alguien venga. Tampoco estoy tan joven para correr a abrir!!–.

Onawa vivía en una choza hecha de barro dentro de la cual tenía dos hamacas cerca de la fogata donde cocinaba sus pociones.

Ahí era donde dormían ella y su nieta Galilahi, huérfana de padres a la cual había críado desde su nacimiento.

Unos bancos de madera se encontraban cerca de la vieja mesa que estaba al lado izquierdo del estante donde guardaba cuidadosamente las hierbas que usaba para sus conjuros.

Abriendo la puerta, de súbito se encontró con Galilahi, quien muy alarmada le dijo: —Abuela, es urgente!! Este señor desea hablar con usted—.

Onawa miró al hombre quien con voz de angustia y en dialecto Cherokee dijo sin titubear:
—Disculpe señora pero necesito que me acompañe!!. Es una situación de vida o muerte. Solo usted puede ayudarme!! —.

Sin preocuparse mucho de lo que el hombre decía, su mirada se enfocó en la niña de escasos seis años que se encontraba amarrada a una camilla hecha de mecate, la cual estaba sostenida por tres hombres.

La pequeña lanzaba unos gritos tan espeluznantes que todo el vecindario se había asomado al escucharla.

Los sonidos que salían de la boca de la pequeña no parecían provenir de un ser humano.

Parecían ser más como los de un animal en agonía.

A Onawa se le erizaron todos los cabellos del cuerpo al escucharla.
—Que le ocurre a esta niña, no entiendo porque grita de esta manera?— preguntó nerviosa.

Acercándose a la pequeña, Onawa observó con espanto como parte del rostro y el brazo izquierdo de la pequeña se encontraban en carne viva. Parte de su cráneo no tenía cabello.

Onawa tragó en seco y preguntó al hombre que había traído a la niña: —Pero qué le pasó a esta criatura? Porque tiene estas quemaduras tan tremendas? Porque la han traído atada a esta camilla?—

El hombre miró a la anciana con ojos de angustia y le dijo temblando de pies a cabeza: —Hay una fuerza en ella. Es una fuerza que no es de este mundo. Es una fuerza maligna que la tiene poseída y la lanza al fuego si no la mantenemos amarrada! Tiene que ayudarnos por favor. Si usted no la ayuda, ese ente va a terminar con la vida de mi hija!—.

El hombre estaba tan desesperado que casi no podía recuperar el aliento mientras hablaba.

En ese preciso instante los ojos de Onawa se cruzaron violentamente con los de la niña. Onawa observó que sus ojos no eran los de un ser humano.

Onawa lo sabía muy bien y no quería ni imaginar lo que la pobre pequeña llevaba dentro.

Sus ojos despedían odio, eran rojizos y sus pupilas no eran redondas, mas bien parecían puñales que se encontraban clavadas en su mirada.

De pronto, el padre de la niña gritó lleno de terror: —Cuidado, señora Onawa, no la mire a los ojos!

Pero la advertencia llegó muy tarde. Ya para ese tiempo, Onawa había caido como rayo al suelo en un estado de trance.

No podía despegar sus ojos de los de la niña. Era como si los ojos hechiceros de la pequeña tuvieran un poder hipnótico sobre la anciana.

De un momento a otro, Onawa comenzó a convulsionar mientras sus ojos todavía se encontraban bajo el dominio de los de la niña.

Era evidente que Onawa estaba peleando contra la fuerza maligna que poseía a la niña.

—Galilahi!—alcanzó a gritar Onawa de pronto.
Galilahi corrió hacia donde se encontraba su abuela. —Aquí estoy, Abuela. Dígame qué necesita—.

Onawa parecía estar asfixiándose con los ojos de la pequeña aun clavados en los de ella.

Sin embargo, se las arregló para estirar su brazo derecho y apuntar con sus dedos temblorosos hacia una caja de madera que se hallaba en una esquina de la choza.

Galilahi se apresuró a alcanzar la caja para dársela a Onawa, pero la fuerza maligna ya estaba venciendo a Onawa.

Con mucha dificultad, echando espuma por la boca, Onawa cayó al suelo con los labios azules por la falta de oxígeno.

Galilahi al mirar a su abuela en aquel estado gritó presa del pánico pero reaccionó rápido, abriendo la caja y encontró una muñeca dentro.

Onawa, como pudo se arrastró por el suelo, y en medio de su asfixia, tomó la muñeca por los cabellos y la colocó sobre el pecho de la niña.

Justo cuando la muñeca hizo contacto con el cuerpo de la niña, el cielo rugió con truenos, y el sol se oscureció, poniéndose rojo como la sangre.

Todos los que se hallaban presente se miraron confundidos y llenos de pánico.

Onawa repitió una mantra en un idioma desconocido y al instante una luz brillante como de fuego salió expulsada del cuerpo de la pequeña.

Onawa volvió de nuevo a repetir la mantra, pero esta vez lo hizo con un tono de autoridad y firmeza.

Este esfuerzo absorbió la reserva final de energía que le quedaba a Onawa.

Con gran debilidad, la anciana levantó su mano y, usando los últimos minutos que le quedaban por vivir, le ordenó a aquella luz que había salido del cuerpo de la niñita que se metiera al pecho de la muñeca.

En cuanto la luz penetró el cuerpo de la muñeca, la niña dio un profundo suspiro de alivio y comenzó a sollozar, solo que esta vez lo hizo con su propia voz y no con la del ente demoníaco.

El padre de la niña lloró de felicidad mientras la abrazaba y le soltaba los amarres para cargarla en sus brazos.

Mientras tanto, Galilahi arrodillada en el suelo con su cara hundida en el estómago de su abuelita Onawa lloraba inconsolablemente.

Las lágrimas de Galilahi contrariamente a las del padre de la niña no eran de felicidad sino del gran dolor que sentía al haber perdido a su abuela.

Onawa había logrado liberar a la pequeña niña de la fuerza maligna al pasársela a la muñeca, pero el precio que había tenido que pagar había sido el más alto de toda su vida.

Galilahi lo sabía y le dolía entrañablemente. Su abuelita había muerto en la lucha por liberar a la niña del ente demoníaco que la había poseído.

Ahora Galilahi tendría que asegurarse de que la muñeca endemoniada desapareciera para siempre de su vista y de la aldea.

Tres noches después de lo sucedido en casa de Onawa, en la villa reinaba un silencio sepulcral, y no había ni una sola antorcha encendida.

Eran aproximadamente las once de la noche y todos los habitantes de la pequeña villa parecían estar dormidos.

Un leve movimiento en los arbustos rompió el silencio.

El ruído de las hojas secas que alguien pisaba en el medio del bosque era el único sonido que se escuchaba en aquella noche.

Una jovencita cubierta con un largo manto que le envolvía la cabeza y gran parte del cuerpo corría por el bosque sin mirar a ningún lado.

Galilahi, quien había esperado que pasara el funeral de su abuela Onawa para adentrarse en el bosque en secreto corría agitada con una caja en sus manos.

Galilahi escogió el rincón más aislado y oscuro que pudo encontrar en el bosque, y, refugiada entre las sombras de la noche, comenzó a excavar con sus manos un hueco en la tierra.

Su corazón latía desbocado dentro de su pecho, pues tenía pavor de la fuerza maligna que se encontraba atrapada dentro de la muñeca.

No había tiempo qué perder. Galilahi sabía lo que tenía hacer. No podía esperar ni un segundo más.

Se apresuró para completar la horrible misión de una vez por todas, y así por fin poder olvidarse para siempre de la macabra muñeca.

Sin embargo, como tenía tanta prisa y estaba tan nerviosa, Galilahi se descuidó por un instante y cuando estaba a punto de meter la caja en el hueco que acababa de excavar perdió el equilibrio.

Al resbalarse uno de sus pies accidentalmente abrió la caja.

Galilahi llena de pánico lanzó un grito como si un cuchillo la hubiera atravesado.

Trató de volver a cerrar la caja, no tuvo tiempo de cerrar los ojos para evitar encontrarse frente a frente con la muñeca.
Bajo la luz de la luna, Galilahi observó con terror como los párpados de la muñeca se abrieron de súbito.

Temblando de pánico, Galilahi reconoció en aquellos ojos la misma fuerza demoníaca que se había manifestado en la mirada de la niñita que llevaron hasta la casa de Onawa.

Sin perder un segundo más, Galilahi rápidamente tapó la caja y no paró de echarle tierra hasta que desapareció de su vista en su totalidad.

Sacando unas hierbas especiales de una bolsita que traía amarrada a la cintura, Galilahi se purificó conforme recitaba una plegaria al Gran Espíritu del Bien.

Mientras hacía esto decía: —Con estas palabras sagradas…—susurró Galilahi elevando sus ojos al cielo, —…yo ato el mal que se encuentra enterrado en este sepulcro.

Galilahi continuó con el ritual —Te prohíbo salir de esta prisión eterna y te ordeno que jamás dejes el cuerpo de esta muñeca.

Ya para terminar añadió:
—Si una alma desafortunada llegara algun día a desenterrar esta caja, estará condenada a volver a atrapar la fuerza maligna que ella contiene. De no ser así, no tendrá paz ni de noche ni de día, y todos sus seres queridos, y todo el que tenga contacto con ella será la víctima de la fuerza maligna que está aquí atrapada—.

Habiendo dicho esto, Galilahi usó una piedra filosa para
escarbar un símbolo en el tronco de un árbol que estaba cercano al sepulcro.
—Con este símbolo, sello este ritual para que su poder jamás pierda efecto. Yo, Galilahi, nieta de Onawa, declaro que así será—.

Habiendo dicho esto, Galilahi se echó el manto sobre su cabeza nuevamente y se coló por entre las densas ramas de los árboles hasta que se internó en lo más profundo de las Montañas Smokey.

Por el resto de la noche, corrió y corrió sin detenerse y ni por un instante, se volteó a mirar atrás.

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One thought on “Prefacio “El Inquilino del Alma”

  1. Me gusto mucho el prefacio de la novela. Me quede con ganas de seguir leeyendo mas.Aunque disfruto mucho leer libros de Crimen Reales..”.True Crime ” pero la verdad q estoy interesada en leeer mas de la novela.. Y queria saber si alguna de las cosas sucedidas aca tienen q ver con sucesos reales o son pura ficcion??

    Gracias y espero el lanzamiento.
    Saludos .. Bye

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